jueves, 18 de diciembre de 2014

EMPEZAR A VIVIR

Notaba que me estancaba, que no me sentía viva y que los días pasaban sin pena ni gloria, sin alegría.
Cada día era una rutina aburrida que alargaba las horas de forma interminable mientras que la luz del sol iluminaba la ciudad, pero al caer la tarde y llegar la noche, cuando más quería refugiarme en el calor de mi hogar, desaparecer entre las sabanas de mi cama, convirtiéndome en casi algo imperceptible al mundo, transcurrían las horas de manera más rápida, como si quisieran avocarme a un nuevo castigo, que era el día siguiente.
Me sentía ahogada, triste, malhumorada, sin vida. Había dejado que la pena se apoderase de mi cuerpo y de mi alma, mis ojos no brillaban, y creía haber olvidado sonreir.
Donde me había abandonado, en que momento de mi existencia me había perdido, como había llegado a ese lugar oscuro donde me encontraba. Ni lo recordaba, hacía ya tanto tiempo que me encontraba allí, que ya no sabía cómo había llegado.
Y de la misma forma imperceptible, empezó el cambio, poco a poco, la luz fue entrando por un recóndito rinconcito de mi corazón, que minuto a minuto, hora a hora, día a día, fue bombeando esa alegría hasta el resto de mi ser, hasta conseguir que mis mejillas sonrosaran, mis ojos recobraran su color azul y mi sonrisa se anclara en mi rostro.
Poco a poco abandone la desidia, decidí quererme un poquito más, y un poquito más, convirtiéndome en lo más importante de mi vida, ahora era yo, me tocaba a mí, decidí que había llegado mi momento.
No era momento de pensar, era el momento de actuar, de tomar decisiones, de coger el toro por los cuernos y de vivir
Por eso no dude, no necesite tiempo para tomar la que creo será una de las mejores decisiones de mi vida, cambiar de aires, de trabajo, de ambiente, cerca de lo que aquí dejaba, y me daba felicidad, mi familia, pero lo suficientemente lejos, de lo que me convirtió en una persona sin luz.
Había hecho la maleta justo el día anterior, que poco necesitas cuando quieres empezar de nuevo, que bueno viajar sin equipaje, sin cargas, cuando todo está por vivir, por empezar.
Me acomodé en mi asiento, para poder disfrutar del viaje. El tren inició su recorrido,  entre una mezcla de sentimientos de los que dejábamos la estación y de los que allí se quedaban agitando su manos y lanzando besos al aire. No sabría decir quienes emanaban más felicidad o tristeza, pero lo que si era evidente era la emoción de unos y otros.
Apoye mi cabeza en el respaldo, cerré los ojos y respire profundo, los primeros minutos de mi nueva vida estaban empezando y no quería perderme ni un segundo. Mire a través del cristal el paisaje que me daba la sensación ir dejando atrás de una manera lenta, el sol brillaba y el campo lucía sus mejores colores, mientras que en algunas zonas del recorrido, su verde frescor servía de alimento a los animales, que tranquilamente pastaban, ajenos a paso de esa máquina de hierro, que atravesaba pueblos y ciudades,  sentía como si también la naturaleza me hablase y me diera la bienvenida.
El tren paro, habíamos llegado a mi destino, baje despacio los escalones del vagón, cogí mi maleta con decisión, y avance hasta la estación,  pregunte por la dirección que me habían dado. No estaba muy lejos de allí, y camine tranquilamente hasta que me encontré delante de la puerta de lo que a partir de ese momento sería mi hogar y mi trabajo, una pequeña casa de labranza que iría redecorando y reconstruyendo al mismo tiempo que lo haría con mi vida, hasta que ambas estuviéramos preparadas para recibir, la casa,  a quien quisiera pasar unos días de descanso y desconexión, y yo,  a quien quisiera pasar a mi lado,  sus días sin más.