Como todos los días, nos encontramos en la orilla del lago,
desde hace tiempo vamos allí cada día para escondernos del resto del mundo y poder
hacer lo que más nos gusta. Subir a lo alto de la montaña y desde allí observar
el horizonte. Mientras realizamos el ascenso, tú te conviertes en uno de los
valientes guerreros de nuestros clanes y diriges la expedición luchando contra
todo aquello que se nos pone en el camino, plantas, arbustos y pequeños
animales que en nuestra imaginación se convierten en peligrosos invasores que
nos atacan venidos de lejanas tierras. Mientras, yo te sigo sin oposición, tu
decides que soy en cada ocasión, a veces miembro de tu grupo de expedición,
otras me llevas como si fuera tu prisionero y otras simplemente obedezco tus
ordenes sin más. No importa por donde decides ir, allí estoy yo, siempre a tu lado.
Porque durante el tiempo que paso contigo puedo hacer todo aquello que me gusta,
saltar, correr, nadar en el lago, a tu lado, no hay obligaciones, a tu lado solo soy una joven muchacha.
Aquel día, yo llegaba tarde a nuestro encuentro diario, con
las prisas, no me di cuenta de cambiarme el vestido y ponerme las ropas de mi
hermano que escondía tras unos arbustos, que había en el camino por el que me
alejaba del poblado. Corría y corría, anhelando encontrarme contigo, siendo
consciente que más allá de los juegos, más allá de sentirme libre, lo que más
deseaba era simplemente estar contigo.
Llegue casi sin aliento y paré en seco, cuando te encontré,
estabas dando vueltas como un animal encerrado, estabas nervioso, inquieto, te
diste la vuelta y me viste, me sonreíste y mi corazón se aceleró mucho más,
inmediatamente tu rostro se transformó y la sonrisa dio paso a una cara de
asombro que me hizo sonrojar, fue en ese momento cuando me di cuenta de mi
indumentaria. Nunca antes me habías mirado así.
Intentando romper este momento, cogí una rama del suelo y
como si de una espada se tratase, la empuñe y te apunte, retándote a luchar.
Pero tú no quisiste que peleáramos, como tantas otras veces
lo habíamos hecho. Esta vez, solo me indicaste el camino que recorríamos todos
los días e iniciaste la andadura, igual que siempre yo te seguía, pero hoy era
distinto, subíamos charlando, hablando de nuestras familias, de nuestros
poblados, tan cercanos y tan lejanos a la vez. No creo que a nadie le gustara
que estuviéramos allí, juntos. Este pensamiento me hizo estremecer y acelere el
paso colocándome a tu lado, y agarrándote del brazo, notaste mi temblor y me
cogiste de la mano, como si supieras lo que en mi mente rondaba, pues eran tus
pensamientos similares.
Llegamos a la cima y allí todo parecía diferente, o quizá
éramos nosotros los diferentes en aquel día.
Nos sentamos el uno frente al otro, y nos miramos fijamente.
Ya no veía al joven muchacho con el que pelearme, ni tú me mirabas como tu
compañero de aventuras, se diría que acababas de descubrir que era una chica.
Hablamos y hablamos, reíamos y nos sentíamos felices, encendiste un pequeño
fuego y yo me coloqué a tu lado, tan cerca como pude. No quería moverme de
allí, y adivinaba que a ti te pasaba lo mismo.
A partir de aquel día, las cosas cambiaron, yo ya no me
cambiaba de ropa para nuestro encuentro, y tu te preocupabas de que no me
pasara nada, me ayudabas a subir por las piedras o me sujetabas cuando
queríamos bajar las pendientes, lo que en otro momento me hubiera ofendido, ya
que me considera un guerrero igual que tu, ahora me alagaba y buscaba, solo por
el hecho de sentirme segura.
Sentía que a tu lado no podía pasarme nada, y que nada, ni
nadie podría separarnos. Siguiendo nuestra rutina hicimos una pequeña hoguera,
y nos sentamos uno junto al otro, pasaste tu brazo sobre mi hombro y me
acercaste a ti, para darme tu calor. Me miraste y besaste mi frente, te
acercaste y me susurraste al oído:
-
No me dejes nunca.
-
Siempre estaremos juntos, conteste volviendo a
cobijarme entre tus brazos
No necesitamos utilizar las palabras que usaban nuestros
mayores para saber de nuestros sentimientos, aquellas simples palabras, fueron
una declaración de amor en toda regla. Un juramento de amor eterno.
Abrazados nos quedamos dormidos y fue así como despertamos
al amanecer. Iniciamos el camino hacia nuestros respectivos poblados.
Cuando llegué a las cercanías de mi hogar, me crucé con
varios hombres que andaban buscándome entre la maleza, me agarraron y me
llevaron ante mi padre.
Cuando me pusieron ante él, recibí tal golpe que me desplomé
de costado, golpeando mi cadera contra el suelo, pero era mayor el dolor de mi
corazón y el de mi alma que el de los golpes que acaba de recibir.
No entendía nada de lo que allí estaba pasando, no se cómo
se había enterado que me encontraba contigo y el creía que había sido
deshonrada, y en consecuencia deshonrado a la familia, estaba como loco.
Hablaba de no sé qué clan, ni que jefe, ni que hijo, era como si yo no tuviera
nada que decir ni que opinar en todo aquello.
Fueron varios días, los que permanecí encerrada, apenas si
me daban alimento, y nada me importaba más que el hecho de no volver a estar
contigo, saber que te habría pasado, si habrías vuelto a nuestro lago, a nuestra
montaña, no podía decirte que me estaba pasando, para que vinieras a
rescatarme.
Una mañana, me entregaron ropa nueva y me indicaron que me
cambiase y que me preparase para viajar.
Un viaje, yo no quiero ir a ninguna parte, no quiero irme de
aquí, no quiero alejarme de ti, te lo prometí, te dije que siempre estaríamos
juntos.
Apareció en la puerta mi padre, le acompañaba un hombre de
igual apariencia, y diría igual edad, me miro y esbozó un gesto de satisfacción
que me hizo temblar, le entrego a mi padre una pequeña saca de monedas y me
indico que saliera, medio poblado se hallaba a las puertas de mi hogar, sus
miradas se clavaban en mi.
El rudo hombre me agarró y me subió al carro en el que había
venido, y entonces lo entendí todo, mi padre me había entregado como esposa a
ese viejo repugnante, a cambio de unas pocas monedas, con el pensamiento de que
con este gesto, la familia vería restablecido su honor….
Quería morirme, y ojalá me hubiera muerto en aquel momento,
a partir de aquel día mi vida se convirtió en un infierno, en manos de un
hombre que no me mostró ningún respeto, y mucho menos un ápice de aprecio y al
que odiaba con toda mi alma.
Solo el recuerdo de los momentos a tu lado, hacían que
pasaran los días menos amargos, me refugiaba en ellos, como lo hacía en tus
brazos, y un día tras otro me repetía la promesa que te había hecho, jurándome
que fuera en la vida que fuera, volvería a encontrarme contigo y te entregaría
el amor, que no dejaron que te entregara en esta. Y que de alguna forma u otra
te explicaría que jamás te deje, que no te olvide y que siempre te amé.