Notaba que me estancaba, que no me sentía viva y que los
días pasaban sin pena ni gloria, sin alegría.
Cada día era una rutina aburrida que alargaba las horas de
forma interminable mientras que la luz del sol iluminaba la ciudad, pero al
caer la tarde y llegar la noche, cuando más quería refugiarme en el calor de mi
hogar, desaparecer entre las sabanas de mi cama, convirtiéndome en casi algo
imperceptible al mundo, transcurrían las horas de manera más rápida, como si
quisieran avocarme a un nuevo castigo, que era el día siguiente.
Me sentía ahogada, triste, malhumorada, sin vida. Había
dejado que la pena se apoderase de mi cuerpo y de mi alma, mis ojos no
brillaban, y creía haber olvidado sonreir.
Donde me había abandonado, en que momento de mi existencia me
había perdido, como había llegado a ese lugar oscuro donde me encontraba. Ni lo
recordaba, hacía ya tanto tiempo que me encontraba allí, que ya no sabía cómo
había llegado.
Y de la misma forma imperceptible, empezó el cambio, poco a
poco, la luz fue entrando por un recóndito rinconcito de mi corazón, que minuto
a minuto, hora a hora, día a día, fue bombeando esa alegría hasta el resto de
mi ser, hasta conseguir que mis mejillas sonrosaran, mis ojos recobraran su
color azul y mi sonrisa se anclara en mi rostro.
Poco a poco abandone la desidia, decidí quererme un poquito
más, y un poquito más, convirtiéndome en lo más importante de mi vida, ahora
era yo, me tocaba a mí, decidí que había llegado mi momento.
No era momento de pensar, era el momento de actuar, de tomar
decisiones, de coger el toro por los cuernos y de vivir
Por eso no dude, no necesite tiempo para tomar la que creo
será una de las mejores decisiones de mi vida, cambiar de aires, de trabajo, de
ambiente, cerca de lo que aquí dejaba, y me daba felicidad, mi familia, pero lo
suficientemente lejos, de lo que me convirtió en una persona sin luz.
Había hecho la maleta justo el día anterior, que poco
necesitas cuando quieres empezar de nuevo, que bueno viajar sin equipaje, sin
cargas, cuando todo está por vivir, por empezar.
Me acomodé en mi asiento, para poder disfrutar del viaje. El
tren inició su recorrido, entre una
mezcla de sentimientos de los que dejábamos la estación y de los que allí se
quedaban agitando su manos y lanzando besos al aire. No sabría decir quienes
emanaban más felicidad o tristeza, pero lo que si era evidente era la emoción
de unos y otros.
Apoye mi cabeza en el respaldo, cerré los ojos y respire
profundo, los primeros minutos de mi nueva vida estaban empezando y no quería
perderme ni un segundo. Mire a través del cristal el paisaje que me daba la
sensación ir dejando atrás de una manera lenta, el sol brillaba y el campo
lucía sus mejores colores, mientras que en algunas zonas del recorrido, su
verde frescor servía de alimento a los animales, que tranquilamente pastaban,
ajenos a paso de esa máquina de hierro, que atravesaba pueblos y ciudades, sentía como si también la naturaleza me
hablase y me diera la bienvenida.
El tren paro, habíamos llegado a mi destino, baje despacio
los escalones del vagón, cogí mi maleta con decisión, y avance hasta la
estación, pregunte por la dirección que
me habían dado. No estaba muy lejos de allí, y camine tranquilamente hasta que
me encontré delante de la puerta de lo que a partir de ese momento sería mi
hogar y mi trabajo, una pequeña casa de labranza que iría redecorando y
reconstruyendo al mismo tiempo que lo haría con mi vida, hasta que ambas
estuviéramos preparadas para recibir, la casa,
a quien quisiera pasar unos días de descanso y desconexión, y yo, a quien quisiera pasar a mi lado, sus días sin más.