Los limpiaparabrisas, no eran suficiente para quitar todo el
agua que estaba cayendo, la poca visibilidad se agravaba por el llanto de mis
ojos.
Aun así seguía conduciendo, no quería llegar a mi destino,
quería conducir y conducir, con el único deseo de huir de mi dolor, pero no
podía ir muy lejos me estaban esperando y si
aun tardaba un poco mas, empezarían a preocuparse, y cuando llegara no
bastaría con una simple excusa de que había atasco.
Enjuagué mis lágrimas, e intente esbozar una sonrisa en mi
rostro, al entrar me aferré a mi bolso y a la carpeta que traía del trabajo e
intente dirigirme a mi habitación sin cruzarme con nadie, y darme tiempo a
reponerme antes de la cena y poder afrontar el encuentro con las hermanas sin ningún síntoma en mi cara,
de que hoy no había sido un buen día.
La cena transcurrió con total normalidad, manteníamos diversas
conversaciones hablamos de como nos había ido el día a cada una, limpiamos y
tuvimos nuestro momento de recogimiento, después cada una de nosotras, nos
dirigimos a nuestras habitaciones y por fin sentí tranquilidad.
Me senté en la cama y empecé a leer mi libro de cabecera,
pero no podía concentrarme en la lectura, mi mente me llevaba a un solo momento
a un solo pensamiento. Como había llegado a encontrarme en esta situación.
Quizá en otros momentos hubiera sido más comprensible, pues
había pasado épocas de dudas de incertidumbre de no saber si el camino que
había elegido y mis decisiones de vida habían sido las correctas, si de verdad
mi compromiso con la comunidad era lo que quería para mi vida y gracias a la
oración y al consejo y enseñanza de mi confesor, había conseguido superarlo.
Por qué ahora, precisamente ahora que no tenía dudas, que
estaba desempañando funciones fuera del convento, trabajando en el colegio,
precisamente ahora que toda mi familia por fin había aceptado mi condición de
religiosa, precisamente ahora tuviste que aparecer tu, para poner patas arriba
todas mis creencias y convicciones.
No puedo recordar en qué momento permití que formaras parte
de mi vida, cuanto tiempo hace que nos conocemos cuatro, cinco años, no lo
recuerdo, solo se que cuando yo me incorporé al colegio de la congregación tu
ya formabas parte de la plantilla.
Es cierto que al principio no coincidíamos mucho, pero de un
tiempo a esta parte y debido a los ajustes que se han tenido que hacer en el
profesorado hemos pasado más tiempo juntos, no me había dado cuenta de lo que
estaba ocurriendo hasta que fui consciente de que te echaba de menos, que
deseaba que llegara el día siguiente para encontrarnos en los pasillos o vernos
en la sala de reuniones, junto con el resto de profesores, me gusta verte
sonreir y me alegra el hecho de que me saludes.
Lo pienso y me parece ridículo, me recuerda a cuando tenía
quince años y estaba enamorada del guaperas del instituto. Que vergüenza.
Solo el hecho de estar teniendo estos recuerdos me hacen
sentir culpable, necesito estallar, necesito confesar mis sentimientos, creo
que solo el hecho de expresarlos, liberarían mi mente y me daría paz, pero a
quien puedo contarle lo que siento.
A quien le digo que siento el calor de tu cuerpo cuando
estas cerca de mi, que con tan solo tu mirada me haces estremecer, que me
gustaría poder ser una mujer normal y salir contigo y hablar horas y horas,
pues me encanta tu conversación, tenemos tantas cosas en común, que me gustaría
ir al cine, a un restaurante, a un teatro, has hecho que desee llevar una vida,
lejos de mis obligaciones, lejos de mis compromisos, lejos del convento.
Y lo peor de todo es que siento que tu me buscas como yo,
que tu también quieres estar conmigo, que cambiaste tu actitud al enterarte de
mi condición, pero aún así sigues buscando
mi mirada en nuestras reuniones, sigues buscando un encuentro a la hora del
café, tan solo para preguntarme que tal, y pienso, que no es justo, ni para ti
ni para mi. Que yo creo saber quién soy y que esto tan solo es una prueba que
he de superar y que superaré y que tú
encontraras alguien, que te aportara la felicidad y el amor que yo nunca
te podre dar.
No puedo
permitirme lo de hoy, no puedo permitir dejarme llevar por mis sentimientos
actuales, no puedo volver a dejar que te acerques tanto a mí que tan solo un
hilo de aire separe nuestros labios, no volverá a ocurrir, pido perdón desde lo
más profundo de mi corazón, por traicionar mi promesa a Dios, mi entrega entera
al Señor, me arrodillo, y rezo poniendo toda mi alma en ello, deseando que mis
plegarias sean escuchadas y me devuelvan la calma y la paz que tanto anhelo, y
que retome el sentimiento de un amor
incondicional a la comunidad, y al ser humano en general, un amor puro sin deseo carnal.
Y me quedo dormida, y lo hago con el deseo de volverte a ver
mañana, de que te acerques a mi, y beses mi mejilla para darme los buenos días,
y sea esa la mayor de mis culpas, y rezare cada noche, para superar este sentimiento que aun siendo amor es pecado.