jueves, 20 de agosto de 2015

LAS CINCO DE LA TARDE

Son las cinco de la tarde, todos los rituales han sido llevados a cabo con minuciosa pulcritud y sensibilidad.
Me coloco frente a chiqueros y muerdo el capote, templo los nervios y el miedo. El primero está a punto de salir, la plaza está llena, y salvo un leve murmullo el silencio invade los sentidos. Me ajusto la montera y aflojo el cuello.
Afortunado se llama el castaño bizco, que me ha tocado en suerte, y con el que espero poder hacer una buena faena, y agradar a este público, que siempre sabe responder ante la entrega y el riesgo.
Me coloco, y tengo un único deseo: Virgen de la misericordia, protégeme con tu manto, abren y Afortunado sale directo hacia mi.
Te recibo con una verónica y sales desviado por la derecha me vuelvo y consigo llamar de nuevo tu atención, tiendo el capote y vuelves a mi, esta vez pasas en corto y enseguida vuelves, una media verónica te muestra el camino y  te coloca para el tercio de varas.
El tercio ha sido bueno, consigo hilvanar buenos capotazos, donde te siento tan cerca que nos rozamos, y regresas  cercano,  la chicuelina frena tu paso y te coloca para el tercio de banderillas. Me gusta tu enviste por la izquierda.
Cambio el capote por la muleta y te observo, mis subalternos te sacan a los  centros y nos miramos.
Me quito la montera, le he pedido permiso al Presidente para brindarte al público, en estos tiempos, más que nunca, se merecen agradecerles que estén ahí, a pesar de las críticas a pesar del daño que nos están haciendo algunos,  ellos son fieles a nuestro sentimiento. Gracias de corazón. Va por Udes. Lanzo hacia atrás la montera por encima de mi hombro y cae,  la suerte esta de cara, no lo veo pero lo noto en el sentir del público. Vamos allá.
Ahora eres tu el que me espera, el que me mira inquieto, viendo como me acerco lentamente, ajustando la muleta a la espada sin perderte ni un momento de vista.
Ya estoy cerca, muy cerca, empieza el arte, aunque haya mucha gente que no lo entienda, siento que este es uno de los momentos más bonitos de mi vida, justo este, en el que tu y yo medimos nuestras fuerzas, a sabiendas de que al final, solo podrá quedar uno, me gustaría que todos experimentaran el sentimiento, cuando lanzo mi capote y tu entras y acompasas mis naturales con especial medida, cerca pero sin rozarme, me sigues con la mirada, estas pendiente de cualquier fallo que pueda tener, esa será tu oportunidad de marcarme con tu fuerza y decirme que aquí somos dos los que peleamos por nuestra vida, y te respeto y entiendo que sea así, tu nobleza me permite agradar, sigo por naturales y  remato con un  pase de pecho que  consigue el aplauso del respetable. Pero tu no te rindes, tienes mucho que decir todavía, el cuerpo a cuerpo no ha terminado y hasta el último momento darás muestra de tu bravura, y me dejaras claro que no va a ser fácil, me dejas acariciarte nuevamente mientras pasas a mi lado y ejecuto una manoletina, todo va bien, tu entrega es admirable si alguien pudiera entender el agradecimiento que te tengo en este momento, como te estas entregando a la lidia, como sigues mis lances pero ahí estas tu, para recordarme quien eres, me despojas de la muleta y un grito seco se escucha, consigo revolverme y hacerme de nuevo con ella, tranquilo, no pasa nada, tranquilo. Dame un poquito más, el pase cambiado por la espalda, marca que el final está cerca.
Y llega el momento, cambio la espada y miro al cielo, quédate conmigo un poquito más virgencita…. Nos colocamos ambos, eres noble hasta el último momento, como si supieras el desenlace te colocas frente a mi y como si reconocieras mi valor, agachas tu cabeza, te entregas por completo, lo noto y me coloco, alzo el brazo, coloco mi mano, empuño fuerte la espada, mis piernas están colocadas una por delante de la otra, inclino la muleta, extiendo mi cuerpo hacia delante y avanzo con seguridad, noto como la espada se introduce en tu cuerpo y toco tu lomo con mi mano, ya está… digna muerte para un animal de bravura demostrada.
El público en pie, pide una oreja casi la totalidad de la plaza, el presidente no se demora en concederla y el público sigue pidiendo más, miro a Presidencia y observo que el presidente comenta, se asesora, decide premiarme con otro trofeo, gracias mil gracias.
Me acerco al Alguacil, que me espera con los trofeos en la mano, nos abrazamos y saludamos, gracias, y ahora es cuando noto mi corazón bombeando a mil por segundo, como si se me fuera a salir del pecho, e inicio el paseíllo intentando tranquilizarme, saludando y agradeciendo, estoy feliz.  GRACIAS.


miércoles, 19 de agosto de 2015

48 HORAS

Sentí como mi cuerpo se desplomaba en el camastro que había quedado libre. No me quedaban fuerzas ni para adoptar una postura cómoda, solo quería permanecer en esa posición, quieta, y dormir. Cerré los ojos e intente anular cualquier recuerdo de esas ultimas cuarenta y ocho horas, poner mi mente en blanco, pero era imposible, note que las lágrimas afloraban en mis ojos, y mi mente se llenaba de múltiples imágenes, niños sin padres, madres buscando a sus hijos, maridos llorando a sus mujeres muertas, esposas desoladas por la desaparición de su marido, un constante sonido de lamentos, sollozos, gritos, unos de dolor otros intentando poner un poco de orden en todo ese caos.
No tuve que pensar cuando me llamaron informándome que salía un dispositivo de 15 personas a la zona del siniestro y preguntando si estaba disponible. De hecho hacía poco menos de media hora que había visto la noticia en internet,  como si de un presagio se tratase, mentalmente ya me había preparado por si recibía esa llamada.
Organice mi mochila, cogí un taxi y me dirigí al aeropuerto para reunirme con el resto de compañeros, ya conocía a varios de ellos. Nos saludamos y fuimos tomando asiento en el aeroplano, nos acomodamos y el jefe de equipo nos fue informado de la situación real, asigno a  cada uno de nosotros las funciones que desempeñaríamos a nuestra llegada, el tiempo corría en contra. El ya había hablado con el personal que se encontraba en tierra y había informado de nuestra llegada, sabía perfectamente que esperaban de nosotros y cómo íbamos a prestarles nuestra ayuda. Nos recomendó o casi diría nos ordenó que aprovecháramos las horas de vuelo, para dormir y descansar algo, porque cuando llegáramos nos sabríamos cuando podríamos volver a hacerlo.
A la llegada al destino, un par de vehículos nos esperaba a pie de pista para llevarnos al hospital de campaña sin pérdida de tiempo, ya llegaría nuestro equipaje.
Fue un recorrido de casi dos horas, que nos hizo intuir la gravedad de la situación. Por mucho que nos lo hubieran explicado, por muchas otras catástrofes que hayas asistido, cada una se supera a la otra, cada una te deja un desgarro en el corazón, pero también y por eso vuelves, la satisfacción de que tu esfuerzo, tu conocimiento y tu energía ayuda a muchas personas que lo han perdido todo.
No tuve tiempo ni de pensar, uno de los auxiliares que nos esperaba, se dirigió a mi, ni su ingles ni el mío, eran fluidos pero si lo suficiente como para entendernos y saber que teníamos que hacer.
Y entre por primera vez en la sala, una sala repleta de gente de todas las edades, el olor a sangre seca, vómitos y podredumbre me revolvieron el estómago, solo dos segundos y una arcada bastaron para superar ese primer impacto.
Inmediatamente, fui revisando una por una, cada una de personas que allí se encontraban, tenía que hacer un primer diagnóstico, para averiguar la gravedad de sus lesiones e iniciar un protocolo de actuación, es increíble como en esos momentos todos tus sentidos emocionales quedan bloqueados y tu mente empieza a trabajar de manera autómata, analizando y decidiendo de manera rápida e imparcial, quien debe ser atendido de urgencia y quien puede seguir soportando el dolor de sus heridas físicas y también mentales.
No fui consciente del tiempo que permanecí en esa sala, ya no oía, ni olía, ni siquiera sentía cansancio, necesitaba seguir, seguir ayudando en lo que mi capacidad daba de si.
Llegué a la altura de una señora de aproximadamente 75-80 años, que se hallaba tendida en el suelo, examine su cuerpo y pude apreciar una rotura en su pierna izquierda, y un trozo de hierro  clavado en la derecha, que de manera casi milagrosa estaba haciendo de tapón y consiguiendo que no se desangrara, sin que por ello se pudiera evitar la infección que le estaba ocasionando. Llamo mi atención que a pesar del indiscutible dolor que debía de estar sintiendo, su cara reflejaba una sonrisa, como si nada pasara y todo estuviera bien, solo en ese momento fui consciente de que agarrada a su mano, y sin soltarla en ningún momento había una niña de poco más de dos años, sus grandes ojos negros me miraron y me regalo una bella sonrisa, al tiempo que con su otra mano acariciaba mi cara en un gesto de agradecimiento, yo también sonreí, y le devolví la caricia.
Fue entonces cuando entendí la grandeza del gesto conmovedor de la que parecía su abuela, pues manteniendo su sonrisa conseguía que la niña en medio de tanto dolor y desesperación mantuviera la esperanza.
Me deje invadir por ese sentimiento de amor  y note como mi cuerpo ahora si conseguía relajarse, y solo entonces me quede dormida.