miércoles, 19 de agosto de 2015

48 HORAS

Sentí como mi cuerpo se desplomaba en el camastro que había quedado libre. No me quedaban fuerzas ni para adoptar una postura cómoda, solo quería permanecer en esa posición, quieta, y dormir. Cerré los ojos e intente anular cualquier recuerdo de esas ultimas cuarenta y ocho horas, poner mi mente en blanco, pero era imposible, note que las lágrimas afloraban en mis ojos, y mi mente se llenaba de múltiples imágenes, niños sin padres, madres buscando a sus hijos, maridos llorando a sus mujeres muertas, esposas desoladas por la desaparición de su marido, un constante sonido de lamentos, sollozos, gritos, unos de dolor otros intentando poner un poco de orden en todo ese caos.
No tuve que pensar cuando me llamaron informándome que salía un dispositivo de 15 personas a la zona del siniestro y preguntando si estaba disponible. De hecho hacía poco menos de media hora que había visto la noticia en internet,  como si de un presagio se tratase, mentalmente ya me había preparado por si recibía esa llamada.
Organice mi mochila, cogí un taxi y me dirigí al aeropuerto para reunirme con el resto de compañeros, ya conocía a varios de ellos. Nos saludamos y fuimos tomando asiento en el aeroplano, nos acomodamos y el jefe de equipo nos fue informado de la situación real, asigno a  cada uno de nosotros las funciones que desempeñaríamos a nuestra llegada, el tiempo corría en contra. El ya había hablado con el personal que se encontraba en tierra y había informado de nuestra llegada, sabía perfectamente que esperaban de nosotros y cómo íbamos a prestarles nuestra ayuda. Nos recomendó o casi diría nos ordenó que aprovecháramos las horas de vuelo, para dormir y descansar algo, porque cuando llegáramos nos sabríamos cuando podríamos volver a hacerlo.
A la llegada al destino, un par de vehículos nos esperaba a pie de pista para llevarnos al hospital de campaña sin pérdida de tiempo, ya llegaría nuestro equipaje.
Fue un recorrido de casi dos horas, que nos hizo intuir la gravedad de la situación. Por mucho que nos lo hubieran explicado, por muchas otras catástrofes que hayas asistido, cada una se supera a la otra, cada una te deja un desgarro en el corazón, pero también y por eso vuelves, la satisfacción de que tu esfuerzo, tu conocimiento y tu energía ayuda a muchas personas que lo han perdido todo.
No tuve tiempo ni de pensar, uno de los auxiliares que nos esperaba, se dirigió a mi, ni su ingles ni el mío, eran fluidos pero si lo suficiente como para entendernos y saber que teníamos que hacer.
Y entre por primera vez en la sala, una sala repleta de gente de todas las edades, el olor a sangre seca, vómitos y podredumbre me revolvieron el estómago, solo dos segundos y una arcada bastaron para superar ese primer impacto.
Inmediatamente, fui revisando una por una, cada una de personas que allí se encontraban, tenía que hacer un primer diagnóstico, para averiguar la gravedad de sus lesiones e iniciar un protocolo de actuación, es increíble como en esos momentos todos tus sentidos emocionales quedan bloqueados y tu mente empieza a trabajar de manera autómata, analizando y decidiendo de manera rápida e imparcial, quien debe ser atendido de urgencia y quien puede seguir soportando el dolor de sus heridas físicas y también mentales.
No fui consciente del tiempo que permanecí en esa sala, ya no oía, ni olía, ni siquiera sentía cansancio, necesitaba seguir, seguir ayudando en lo que mi capacidad daba de si.
Llegué a la altura de una señora de aproximadamente 75-80 años, que se hallaba tendida en el suelo, examine su cuerpo y pude apreciar una rotura en su pierna izquierda, y un trozo de hierro  clavado en la derecha, que de manera casi milagrosa estaba haciendo de tapón y consiguiendo que no se desangrara, sin que por ello se pudiera evitar la infección que le estaba ocasionando. Llamo mi atención que a pesar del indiscutible dolor que debía de estar sintiendo, su cara reflejaba una sonrisa, como si nada pasara y todo estuviera bien, solo en ese momento fui consciente de que agarrada a su mano, y sin soltarla en ningún momento había una niña de poco más de dos años, sus grandes ojos negros me miraron y me regalo una bella sonrisa, al tiempo que con su otra mano acariciaba mi cara en un gesto de agradecimiento, yo también sonreí, y le devolví la caricia.
Fue entonces cuando entendí la grandeza del gesto conmovedor de la que parecía su abuela, pues manteniendo su sonrisa conseguía que la niña en medio de tanto dolor y desesperación mantuviera la esperanza.
Me deje invadir por ese sentimiento de amor  y note como mi cuerpo ahora si conseguía relajarse, y solo entonces me quede dormida.



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